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Mi experiencia con COVID-19, entre el miedo y la incertidumbre

POR ANGEL DE LA O VILLARREAL
Cuando desperté el domingo 7 de marzo con escalofríos, tos y dolor de cuerpo, creí que era nuevamente una infección en la garganta a la que le di poca importancia porque generalmente la padezco.
Pensé que una inyección de penicilina y tabletas de amoxicilina recetadas por un médico de los que tienen su consultorio en las farmacias, serían suficientes.
Pero todo fue empeorando.
Cuatro días después ya había perdido el sentido del olfato, la tos iba en aumento y era cada vez más fuerte una opresión en el pecho.
Fue entonces cuando caí en la cuenta que podía ser coronavirus, que a pesar de las medidas como el lavado de manos, la sana distancia y el uso del cubrebocas, me había contagiado.
A una semana del inicio de síntomas, busqué una nueva opinión médica y solicité una prueba PCR en el Hospital General de Ciudad Victoria, el resultado: Positivo a COVID-19, con una neumonía bastante avanzada y difícil de tratar.
Aprendí que la atención médica tardía en tiempos de pandemia puede ser mortal.
Desde ese momento me quedé solo, aislado completamente, pero más acompañado que nunca por mi familia y amistades, comprobé que es en la enfermedad cuando realmente conoces a tus verdaderos amigos.
Me armé de un oxímetro, un termómetro, un nebulizador que utilizaba cada 8 horas y de un tripié que me acompañaba desde que amanecía hasta el anochecer porque tenía conectado el suero.
Todos los días un enfermero se presentaba en mi casa para aplicar las soluciones intravenosas, eran cajas y cajas de medicamentos que inyectaban gota a gota el calmante de los síntomas.
Confieso que tenía miedo de dormir, en parte por el catéter que me dejaba el brazo inmóvil, pero sobre todo, por el temor a no despertar, a sufrir un ataque mortal de tos o peor aún, de morir por no alcanzar a respirar.
Vi en las redes sociales que ofrecían desde remedios milagrosos, recetas secretas y venta de vacunas, que estuve a punto de comprar, hasta que el Doctor prohibió el uso del celular porque en muchos de los casos, el miedo puede empeorar el estado de salud o el consumo de sustancias no aprobadas, ocasionar la muerte.
Siempre creí que el coronavirus era algo lejano, que se había originado en China porque allá habita gente que come animales exóticos, que son portadores de enfermedades y que yo no me iba a contagiar.
Nada más apartado de la realidad, el virus existe, es letal y si lo contraes no sabes a lo que te enfrentas. Es miedo a lo desconocido, a algo de lo que la ciencia aún está aprendiendo.
Perdí un tiempo muy valioso desde los primeros síntomas hasta el momento de la prueba y el inicio del tratamiento.
A poco más de un mes de haber sido dado de alta, aún sufro las consecuencias, no he recuperado del todo los sentidos del gusto y del olfato.
Hay días que siento como si nunca hubiera enfermado, pero hay otros en los que no puedo ni hablar al hacer esfuerzos y un terrible dolor de huesos que pareciera fuera un mal crónico.
Vivo con el temor de volver a contagiarme, creo que puede ser más agresivo y que mi organismo, que aún no supera las secuelas, no pueda volver a vencerlo.
Por eso he reforzado las medidas de prevención y mi recomendación es que todos lo hagamos, porque sé lo terrible que puede ser esta enfermedad y pueda que transcurra mucho tiempo antes de que termine la pandemia.

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