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Abril, mes de los niños

 

Por: Irma Lucía Zambrano Martínez

El mes de abril es el de los niños y vale la pena reflexionar cómo es que el paso del tiempo nos va llevando a una vida monótona y sin sentido cuando dejamos que las prisas por el trabajo y las responsabilidades sean mayores que la libertad de amar y cuidar a nuestros hijos.

El tiempo pasa y no pasa de largo, cuando una viene a darse cuenta, los hijos han crecido y nadie se queda con una. Sólo existen los hijos en el recuerdo y cuando nos necesitan. Más vale, por salud, atesorarlos mientras son pequeños. Abrazarlos estrechamente y después, dejarlos libres. ¡Feliz día del niño!

Juego de niños

Viene hacia el auto. Su madre lo está esperando. Camina con aire desenfadado, se da su tiempo, con un movimiento del hombro limpia el sudor que le resbala por la sien, recoge su mochila que ha dejado en el piso del pasillo de la salida. Se despide con abrazos de sus amigos, está a punto de cruzar el umbral y da media vuelta, regresa a despedirse de Daniela:

-¡Hasta luego, nos vemos a las siete!-.

Finalmente sube al auto, no despega la vista de la escuela, cuando el coche ha avanzado un poco y vigila que ya está lejos de la mira de sus amigos, se acerca y besa a su madre:

-¿Cómo estás mami?, ¿cómo te fue?¿, qué hay de comer?, ¡me la pasé chidísimo en la escuela!, jugamos padrísimo en el recreo, Andrés se lastimó cuando Pablo le cayó encima, pero se le olvidó rápido, ¿sabes que yo soy el más fuerte de todos?, ¿sabes que puedo cargar hasta al más alto de mis amigos?, ¿sabes que le hice la llave maestra a Darío?, ¡estuvo padrísima la escuela hoy, mami!… ¿Qué hay de comer en casa mami?, ¡tengo mucha sed!, ¿traes agua?, ¡qué calor!, ¿traes el clima?, ¡súbele, por favor!, ¡estuvo chida la escuela hoy, me la pasé rebién!, ¿trajiste tu laptop o la dejaste en la oficina, me das permiso de usarla a las siete?, Daniela me dio su Messenger, nos vamos a conectar a las siete, ¡qué calor!, ¿qué hay de comer pues mami?-.

En todo el camino a casa se la ha pasado platicando de la escuela, de sus amigos, de que le fue muy bien en el concurso de oratoria, de que todos sus compañeros le dieron una ovación cuando resultó ganador, de que estaban tan emocionados que corrieron y lo abordaron hasta tirarlo al piso, que se revolcaban en el suelo de risa, que se le rompió el pantalón cuando derrapó tras huir de Enrique, que tiene mucha hambre, que sólo se comió la mitad del sándwich porque le regaló la otra parte a Raquel, que ya no la aguanta porque siempre lo está molestando, que la maestra se la trae contra él porque siempre le dice que platica mucho, que representará  a la escuela en el concurso estatal, que quiere ser cantante de rock y tener su propia banda de música.

Su madre le pregunta por las clases, le insiste en que le cuente cómo dijo su discurso, le pregunta por la tarea, lo acribilla con preguntas sobre las materias y los exámenes; a él eso no le interesa por el momento y no le hace mucho caso, sólo quiere hablar de música, de lucha libre, de sus amigos, de lo que significan las frases de sus canciones favoritas.

A veces, a ella le entra un remordimiento que le carcome por dentro al darse cuenta de sí misma y de tanto tiempo que pasa lejos de casa, piensa que no debería perderlo diciéndole tantos sermones acerca de los estudios y de responsabilidades, piensa que debería aprovechar su poco tiempo para compartirlo con él y con las cosas que a él le interesan, debería ser menos exigente y menos estricta para hablarle también de música y de luchas y de amigos.

Él está cambiando. Ya cumplió once años. Ahora envía correos y escribe con letras psicodélicas mensajes estrafalarios, tiene su propio espacio en internet, no se quita la gorra ni un instante si está fuera de casa, trae un arete en la oreja –de mentira, pero muere por hacerse el arete de verdad- se deja el pelo lo más largo que puede (hasta que en la escuela le pidieron que se lo cortara porque necesitaba ir presentable al concurso de oratoria), toca la guitarra en sus ratos libres, trae su audífono pegado a la oreja siempre que puede y que su madre no lo atormenta con la perorata de que le va a hacer daño, pasa el día  tarareando canciones de rock y haciendo esa vocecita aguda, chillona y estridente que tiene el vocalista de su banda de rock favorita, escribe poesía y cuentos de superhéroes: está creciendo.

Antes de que termine el día, su madre se acerca a la sala de estudio, lo observa haciendo sus gestos, sus muecas de niño grande, lo ve acomodar sus útiles escolares al terminar de hacer su tarea, observa cómo le hace una mirada cómplice a su hermano –quien también está haciendo la tarea (aparentemente), ella sabe que estaban viendo videos de rock- los admira, se arrepiente del tiempo perdido. Se va. Sube a su recámara, desde arriba le habla a su hijo:

-¡Manolo!, ¿cómo es esa llave que le hiciste a Darío?-

Manolo sube corriendo, emocionado.

-Ven, mamá, súbete acá, pon tu pierna de este lado, ahora coloca tu mano acá-…

Luis Mario sube corriendo a observar:

-¡Manolo, no la vayas a lastimar!-

-Ayúdame-, le responde a su hermano, -mamá es ruda y entre los dos sí podemos hacerle la “llave maestra”.

Agitados, cansados, riendo, una tras otra las llaves de la triple A han aparecido: La ‘Parvovirus’, ‘Cruz del Guerrero’, el tradicional ‘Candado Dragón’, el ‘Pulpo Lagunero… sudan, gritan, se alocan. La pequeña familia de tres se divierte jugando.

Ya son las nueve y media de la noche, es hora de dormir, mañana hay que levantarse temprano  e ir a la escuela y trabajar y hacer la comida y cumplir con tantas obligaciones…

-¡Qué más da!, ahora es más importante la triple A.

 

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