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8 de Marzo Día internacional de la mujer

 

Por: Irma Lucía Zambrano Martínez

Cuando me invitaron a participar en el foro internacional del día de la mujer, además de agradecida porque me tomaran en cuenta, me emocionó la idea de poder expresar mi opinión sobre los derechos y libertades de nosotras, las mujeres.

Pensé en todas las ideas que podría comunicarles, de cómo a través de los años la lucha por la igualdad social, la libertad económica y la independencia ideológica nos ha abierto el camino y nos ha convertido en mujeres seguras de nosotras mismas, dispuestas a la acción y al eprendimiento, decididas a abrirnos paso.

Pero ese misma noche, estando en una reunión de amigos, surgió el tema de asistir a un concierto en Monterrey y entre comentario y plática, mencionaban que lo ideal sería que surgiera alguna comisión de trabajo en dicha ciudad, así podrían sacar más fácil “el permiso” de sus maridos. Yo, obviamente, supuse que bromeaban, pero conforme seguían hablando me di cuenta de que era en serio, de que en serio había que mentir y de que en serio había que pedir permiso.

Ya sola, en casa, rebobiné el pensamiento y reflexioné sobre este foro: ¿Libertad? ¿Independencia? ¿Autonomía?

Y entonces recordé aquellas fotografías de la Revolución mexicana de mis libros de texto de la primaria, fotos en las que camina hacia cualquier batalla un grupo de revolucionarios montados a caballo. Altivos y solemnes, con sus dobles cananas cruzándoles el pecho y sus imponentes sombreros cubriéndoles la luz que les ciega los ojos y se los esconde al fotógrafo, parece como si todos llevaran una venda negra a través de la cual creen saber a dónde van. Junto a ellos caminan sus mujeres, cargadas con canastas y trapos, parque y rebozos. Menos ensombrecidas que los hombres, marchan sin reticencia a su mismo destino: los acompañan y los llevan, los cobijan y los cargan, los apacientan y los padecen.

Muchas veces las mujeres mexicanas de hoy vemos esa foto con la piedad avergonzada de quien está en otro lado, pero muchas otras tienen la certidumbre de ser como esas mujeres. De que siguen caminando tras los hombres y sus ciegos proyectos con una docilidad que nos lastima y empequeñece.

Sin embargo, creo que con la prisa y la fiebre con que nos ha tocado participar, padecer y gozar estos cambios, ni siquiera sabemos cuánto han cambiado algunas ideas y muchos comportamientos.

Cada vez somos más las mujeres que trabajamos fuera de nuestras casas, dejamos de necesitar que un hombre nos mantenga, nos bastamos a nosotras mismas, nos entregamos con pasión y con éxito a la política y al arte, a las finanzas o la medicina.

Viajamos, hacemos el amor sin remilgos y sin pedirle permiso a nadie, nos mezclamos con los hombres en las cantinas a las que antes teníamos prohibida la entrada, deambulamos por la calle a cualquier hora de la noche sin necesidad de perro, guardián o marido que nos proteja, no tememos vivir solas, controlamos nuestros embarazos, cuidamos y gustamos de nuestros cuerpos, usamos la ropa y los peinados que se nos antojan, pedimos con más fuerza que vergüenza la ayuda de nuestras parejas en el cuidado de los hijos, nos divorciamos, nos volvemos a enamorar, leemos y discutimos con más avidez que los hombres, conversamos y dirimimos con una libertad de imaginación y lengua que hubiera sido el sueño dorado de nuestras abuelas.

Estamos viviendo de una manera que muchas de nosotras ni siquiera hubiéramos podido soñar hace cuarenta años.

Algunas de las mujeres jóvenes que viven en el campo también han se buscan vidas distintas de las que les depararía el yugo que nuestros campesinos tienen sobre ellas, mil veces como la consecuencia feroz del yugo y la ignorancia que nuestra sociedad aún no ha podido evitarles tampoco a los hombres del campo.

Gracias a estos cambios, han surgido maravillosas mujeres como Yalitza Aparicio, recientemente nominada al Oscar, quien fue capaz de emigrar sin más compañía que su imaginación y su gran esperanza como un fuego interno y el miedo escondido bajo los zapatos.

Son mujeres casi siempre muy jóvenes que están dispuestas a trabajar en cualquier sitio donde estén a salvo de la autoridad patriarcal y sus arbitrariedades. Mujeres hartas de moler el maíz y hacer las tortillas, parir los hijos hasta desgastarse y convivir con golpes y malos tratos a cambio de nada.

En muchas mujeres estas nuevas maneras de comportarse tienen detrás la reflexión y la voluntad de vivir y convivir fuera de lo que hizo famoso a México por el alarde de sus machos y la docilidad de sus hembras. Entre otras cosas porque alguna de esta fama era injusta.

Yo creo que mujeres briosas y valientes han existido siempre en nuestro país, sólo que hace medio siglo parte del valor consistía más en la paciencia que en la rebelión y antes que en la libertad, en el deber de cuidar a otros.

Quizá uno de los trabajos más arduos de las mujeres mexicanas ha sido la continua demanda de atención y cuidados que han ejercido sus parejas. Lo que en los últimos tiempos ha hecho a los hombres más vulnerables, porque como son bastante incapaces para manejar lo doméstico, basta con abandonarlos a su suerte cuando se portan mal. Cosa que las mujeres han empezado a hacer con menos culpa y más frecuencia.

En fin, que ya ha llovido suficiente desde el día en que se tomó la foto de los revolucionarios de nuestros libros y las mujeres mexicanas aún hacen la guerra de sus hombres, aún arrastran y cuidan a sus heridos, aún mantienen a sus borrachos, atestiguan sus borracheras, escuchan sus promesas y rememoran sus mentiras.

Pero ya no rigen sus vidas según el trote y la magnificencia de los hombres. Aún lloran sus infidelidades, sosiegan sus fidelidades, pero ya no los despiden y albergan sólo según el antojo de las inescrutables batallas masculinas.

Entre más aptas son, entre más acceso tienen a la educación y al trabajo, más libres quedan para querer o detestar a los machos que sus brazos cobijan.

Quizás es éste el cambio más significativo: las mujeres actuales tenemos nuestras propias batallas y, cada vez más, hay quienes caminamos desatadas, lejos del impecable designio de un ejército formado por hombres ciegos.

Para tener un hombre no es necesario seguirlo a pie y sin replicar.

Suena bien ¿verdad? Sin embargo, llevar a la práctica tal sentencia no siempre resulta fácil, agradable, feliz.

Por varios motivos. Entre otros, porque las mujeres que nos proponemos asumir esta sentencia no fuimos educadas para un nuevo destino y nos pesa a veces incluso físicamente ir en su busca: nos deshicimos de una carga, pero hemos tomado algunas más arduas, por ejemplo enfrentar todos los días la idea, aún generalizada, de que las mujeres debemos dedicarnos a atender nuestro chiquero, a hablar de nosotras mismas entre nosotras mismas, para nosotras mismas; a llorar nuestro dolor y nuestra tormenta en el baño de nuestras casas, en la iglesia, en el teléfono; a tararear en silencio la canción que nos invade el cuerpo como un fuego destinado a consumirse sin deslumbrar a nadie.

Muchas veces esta idea aparece incluso dentro de nuestras adoloridas cabezas, de nuestro colon irritado, junto con nuestra fiera gastritis cotidiana. O, peor aún, deriva en repentinas depresiones a las que rige la culpa y el desasosiego que produce la falta de asidero en quienes supimos desde niñas que no tendríamos sino asideros en la vida.

Sin ánimo de volver a hacernos las mártires, debemos aceptar cuánto pesa buscarnos un destino distinto al que se previó para nosotras, litigar, ahora ya ni siquiera frontalmente, dado que los movimientos de liberación femenina han sido aplacados porque se considera que nuestras demandas ya fueron satisfechas, con una sociedad que todavía no sabe asumir, sin hostilidad y rencores, a quienes cambiamos.

Incluso, la hostilidad viene a menudo de las mismas mujeres.

Me preguntaba hace poco un periodista: ¿Por qué a pesar de todo lo logrado, las mujeres hacen sentir que no han conquistado la igualdad? ¿Qué falta?

Falta justamente la igualdad, le respondí. ¿Por qué si un hombre tiene un romance extraconyugal es un afortunado y una mujer en la misma circunstancia es una piruja? ¿El hombre un ser generoso al que le da el corazón para dos fiebres y la mujer una cualquiera que no respeta a su marido? ¿Por qué no nos parece aberrante un hombre de cincuenta años entre las piernas de una adolescente y nos disgusta y repele la idea de una mujer de cuarenta y cinco con un muchacho de veintiséis? ¿Por qué una mujer de cuarenta y cinco empieza a envejecer y un hombre de cuarenta y cinco está en la edad más interesante de su vida? ¿Por qué detrás de todo gran hombre hay una gran mujer y detrás de una gran mujer casi siempre hay un vacío provocado por el horror de los hombres a que los vean menos? ¿Por qué los esposos de las mujeres jefes de Estado no se hacen cargo de las instituciones dedicadas al cuidado de los niños? ¿Por qué a nadie se le ocurre pedirle al esposo de una funcionaria de alto nivel que se adscriba al voluntariado social? ¿Por qué las mujeres que ni se pintan ni usan zapatos de tacón son consideradas por las propias mujeres como unas viejas fodongas cuando todos los hombres andan en zapatos bajos y de cara lavada sintiéndose muy guapos? ¿Por qué se consideran cualidades masculinas la fuerza y la razón y cualidades femeninas la belleza y la intuición? ¿Por qué si un hombre puede embarazar a tres distintas mujeres por semana y una mujer sólo puede embarazarse una vez cada diez meses, los anticonceptivos están orientados en su mayoría hacia las mujeres?

Y puedo seguir: ¿por qué al hacerse de una profesión las mujeres tienen que actuar como hombres para tener éxito? ¿Por qué los pretextos femeninos –tengo la regla o mi hijo está enfermo, por ejemplo- no pueden ser usados para fallas en el trabajo, y los pretextos masculinos –estoy crudo, perdonen ustedes pero vengo de un tibio lecho, por ejemplo- son siempre aceptados con afecto y complicidad?

Las mujeres ya no queremos seguir a los hombres a pie y sin replicar. Bueno y vaya, parece que se nos ha dicho. Y nos hemos subido a los caballos y trabajamos el doble y hasta nos hemos puesto al frente de nuestras propias batallas.

Por todo eso, incluso hemos encontrado prestigio y reconocimiento. Sin embargo, aún no sabemos bien a bien quiénes somos, mucho menos sabemos quiénes y cómo son las otras mujeres mexicanas. ¿Por qué seguimos haciendo tanto escándalo por el día de la mujer y por qué estoy diciéndoles todo esto, si quizá nadie esté escuchando y seguramente juzgándome y pensando: “Ya siéntese señora”.

¿Por qué mis compañeras tienen que pedir permiso para ir a un concierto? ¿Por qué dudar si yo soy primero?

¿Por qué?

¿Qué está haciendo falta?

Hace falta más compasión entre nosotras, que nos queramos y comprendamos entre mujeres, que nos valoremos y que aplaudamos nuestros éxitos, estimulándonos y apoyándonos. Compartiendo, no compitiendo.

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